Alicia Paz
by Andrew Hunt
Con criaturas de diamantes que emergen de un terreno yermo luminoso y arcaico, con telarañas plateadas en las que se enredan retratos de jóvenes mujeres encantadoras y paisajes ficticios que presentan obsoletos futuros utópicos, el trabajo reciente de Alicia Paz presenta un giro en su uso de iconografía pictórica. Básicamente una artista itinerante, Paz nació en México y pasó largos períodos en California y en París antes de instalarse en Londres. Su obra se alimenta de una mezcla ecléctica de influencias culturales, como el graffiti, las tiras cómicas como la La Pequeña Lulú o la tira argentina Mafalda, así como también los géneros de la historia del arte como el rococó, el surrealismo, el arte brut y el expresionismo. Esta mezcla ecléctica de estilos, en una obra que a primera vista propone una serie de enigmas visuales directos, en realidad crea personajes que dan vida a actores secundarios o títeres que obran en sintonía con la cambiante identidad cultural de Paz, sugiriendo una forma extraña y clarividente de ventriloquía.

Muchos de los personajes collage de Paz son ellos mismos artistas o autores, y aparecen como entidades autónomas, como disimulaciones que trazan una transformación que va del artista a una contrafigura ficticia y de ahí a una obra de arte suplementaria. Paz ha dicho que desea expresar “a través de los mecanismos visuales de la pintura, la naturaleza subjetiva e ilusoria de toda representación”, afirmando al mismo tiempo un optimismo con respecto a las “posibilidades de trascendencia inherentes al arte”. Lo interesante de la continua exploración que Paz hace de sus dispositivos formales, o del provecho que saca de una historiografía melancólica de la memoria y el olvido a través del uso de material fotográfico, es su reciente preocupación por un devenir ulterior, mediante el proceso mismo de la pintura.

Aurora describe este nuevo giro con elocuencia.  Una figura anfibia emerge de una superficie baldía en el crepúsculo. Situada en un mundo post-apocalíptico o pre-humano de colores brillantes, un contraste de humor y drama aflora entre el arquetipo de la belleza femenina del monstruo (el retrato medianamente reconocible de alguna mujer famosa, sacado de una revista de moda) y el estereotipo de lo “feo”, con su extraña postura y su físico extravagante. Las cualidades amorfas y representativas de la pintura, en su modelaje de material abyecto, de basura o barro, chocan con su polo opuesto: la representación de un tesoro o de piedras preciosas pintadas que aparecen como incrustadas en la obra. Su título indica las primeras horas del día y el nombre del personaje femenino, pero también hace referencia a las películas “zombies” de serie B como El amanecer de los muertos (1978) de George A. Romero, y desarrolla una representación paródica de la conciencia reificada de la sociedad capitalista tardía. Mientras que en su trabajo anterior Paz permea e interroga expresivamente la naturaleza ya artificial de las figuras del siglo XVIII del rococó alemán y su carácter post-colonial con relación a los estereotipos de raza, clase social y cultura, estas nuevas obras exploran el yo y la identidad no tanto en términos de un enmascaramiento o una iconoclasia destructiva, sino a través de una transformación, una evolución o una emergencia subliminal en un contexto de ciénaga post-cognitiva.
 
Este equilibrio entre una alienación cruda y una empatía orgánica se ve reforzado por el uso de fragmentos textuales y del lenguaje, así, la letra K, que aparece como un blasón en el pecho fulgurante de la criatura, es una referencia directa al personaje de La Metamorfosis de Kafka.

La identidad muestra su capacidad de moverse en el tiempo, su capacidad de metamorfosearse como K.

Los personajes amanerados de Paz hablan de moda, de collage, de arte pop y de surrealismo, así como de horrror, literatura y ciencia ficción. Al presentar a una figurilla como un artista-monstruo con venas sobresalientes que le surcan las piernas, el cuadro Cuando la máquina se detiene (2004) hace alusión a Frida Kahlo y a la cultura del México católico de Paz y, de paso, a las caricaturas japonesas que aparecen con frecuencia en la televisión mexicana. Similarmente, su cuadro con chorreados y ojos que resaltan del plano pictórico, Sin título (Derritiendo), le apunta tanto al surrealismo como a Warhol y al pop.

En cierto sentido, podemos ver en estos cuadros una prodigiosa fuente de vida: los ojos y las gemas de Paz se focalizan en un punto de luz en el que nuestra mirada puede verse reflejada y sernos devuelta desde un punto exterior a nosotros mismos. Para Paz la reflexión significa a la vez una gélida mortificación y una afirmación mutua de la existencia. Si su trabajo es una pintura que habla de pintura, en la que los elementos pictóricos se desintegran  incómodamente y se reinventan una y otra vez, esto sucede porque la fijeza y el equilibrio de sus orígenes se deslizan concientemente hacia un estado alterado mediante la autodefinición de su obra misma. De esta manera la actitud abierta del trabajo de Paz reside en un extraño equívoco, en un melodrama y una gracia que desmiente su apariencia inicial.

Andrew Hunt
Andrew Hunt es comisario independiente, contribuye regularmente para la revista Frieze y es editor de la revista Untitled.

 
     
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